Tenemos la mala costumbres de aferrarnos a algo, de darlo todo sin nisiquiera darte cuenta, que aveces no recibes nada. Tenemos la mala costumbre de querer demasiado, a personas que ni siquiera se dedican a querernos un poquito… Y lo peor de todo, es lo que viene después, las noches eternas sin dormir, los días enteros que te pasas pensando, un ¿porqué?, pero ese porqué, jamás viene con una respuesta, o al menos en el momento que lo necesitas.
Siempre intentamos aferrarnos a un sueño, a una ilusión, a un momento que deseamos que se haga eterno, y ese es el gran fallo, porque aunque digan que sí, nada es para siempre. Una simple actitud, un simple gesto o palabra, puede matar de golpe ese sueño, esa ilusion que estaba creada; quizás sea difícil, pero lo mejor es no aferrarse a nada, no depende de nadie, pero cuando el corazón manda, no hay quien le lleve la contraría, él es capaz de apoderarse de todo, de decirte qué es lo que debes hacer, aunque luego acabes estampada contra la pared.
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Perder a tu mejor amigo es perder un pedazo de alma. No es solo alguien con quien compartías risas, secretos o días enteros de conversaciones sin fin. Es perder a esa persona que hacía que el mundo fuera más soportable, que convertía lo cotidiano en especial, que era capaz de arrancarte una sonrisa incluso en tus días más oscuros. Cuando tu persona favorita en el mundo se va, todo pierde color. La rutina se siente vacía, las horas se hacen eternas, y cada rincón guarda un recuerdo que duele tanto como consuela. Porque sí, recordar también duele. Es como tener una herida abierta que sangra cada vez que piensas en lo que ya no será. El suicidio deja preguntas que nunca tendrán respuesta. Te rompe por dentro imaginar cuánto tuvo que sufrir en silencio alguien que, por fuera, parecía lleno de vida, alegría y risas. Te castigas pensando si podías haber hecho algo más, si una palabra, un abrazo o una mirada hubieran cambiado su decisión. Pero la verdad es que el dolor que él llevaba ...
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