Hay recuerdos que se queman para ser olvidados, cartas que se guardan para leer de vez en cuando, canciones que preferimos no escuchar. Porque duelen, porque remueven algo dentro de ti. Hay horas, minutos, milésimas de segundos que pueden cambiarlo todo. Cruzar en rojo, comprar un producto u otro, ignorar una advertencia, decisiones que por más simples que sean pueden hacer cambiar tu mundo irremediablemente. Hay momentos que terminan en recuerdos, decisiones que nos arriesgamos a tomar. Algunas son fáciles, otras no. Dependen de las circunstancias, de las consecuencias, del miedo. Tengo decisiones que tomar, recuerdos que guardar, miedo y vértigo.
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Perder a tu mejor amigo es perder un pedazo de alma. No es solo alguien con quien compartías risas, secretos o días enteros de conversaciones sin fin. Es perder a esa persona que hacía que el mundo fuera más soportable, que convertía lo cotidiano en especial, que era capaz de arrancarte una sonrisa incluso en tus días más oscuros. Cuando tu persona favorita en el mundo se va, todo pierde color. La rutina se siente vacía, las horas se hacen eternas, y cada rincón guarda un recuerdo que duele tanto como consuela. Porque sí, recordar también duele. Es como tener una herida abierta que sangra cada vez que piensas en lo que ya no será. El suicidio deja preguntas que nunca tendrán respuesta. Te rompe por dentro imaginar cuánto tuvo que sufrir en silencio alguien que, por fuera, parecía lleno de vida, alegría y risas. Te castigas pensando si podías haber hecho algo más, si una palabra, un abrazo o una mirada hubieran cambiado su decisión. Pero la verdad es que el dolor que él llevaba ...
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