La vida es un juego. Un juego como el solitario, en el que cometes infinitos errores, a veces incluso hasta de la misma manera y que tomes una decisión u otra te indica los diferentes finales que puedes tener, que puedas perder o que acabes ganando. La diferencia es que en el solitario cuando tienes una duda le das a una tecla y te dice la opción mas correcta ¿qué tecla debemos pulsar en la vida? ¿quién no dice que camino será mas sencillo, mas feliz? Nadie, en la vida tenemos que arriesgarnos, a un todo o un nada. Y es complicado, porque si te equivocas no hay vuelta atrás, nunca. Porque puede parecerse el recorrido que estas haciendo, pero en realidad nunca puedes hacer el mismo, no, es imposible hacer todo exactamente igual. Y en la vida tampoco tenemos otra tecla que nos deja borrar nuestro ultimo error y tener la oportunidad de repetir esa acción, o aunque no sea un error, simplemente porque creemos que nos hemos equivocado o porque nos apetece la tontería esa de cambiar de rumbo. La diferencia entre el juego y la vida es que el juego es demasiado fácil para lo extremadamente complicada que es la vida. Mentira, la vida es tan sencilla como tu quieras pintarla. Pero yo... yo soy de las que siempre caen en la misma piedra y en diferentes, en incontables ocasiones por lo que yo elegí el camino difícil, y no sé si para bien o para mal. Si al final de este camino encontraré la meta de la felicidad o simplemente la de un precipicio sin fondo. No tengo ni idea, pero tuve que arriesgar y ya no puedo volver atrás, quiera o no, sea una decisión correcta o incorrecta, da igual, la decisión esta tomada y ya solo puedo seguir con ella en la espalda, hacia delante, siempre para alante.
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Perder a tu mejor amigo es perder un pedazo de alma. No es solo alguien con quien compartías risas, secretos o días enteros de conversaciones sin fin. Es perder a esa persona que hacía que el mundo fuera más soportable, que convertía lo cotidiano en especial, que era capaz de arrancarte una sonrisa incluso en tus días más oscuros. Cuando tu persona favorita en el mundo se va, todo pierde color. La rutina se siente vacía, las horas se hacen eternas, y cada rincón guarda un recuerdo que duele tanto como consuela. Porque sí, recordar también duele. Es como tener una herida abierta que sangra cada vez que piensas en lo que ya no será. El suicidio deja preguntas que nunca tendrán respuesta. Te rompe por dentro imaginar cuánto tuvo que sufrir en silencio alguien que, por fuera, parecía lleno de vida, alegría y risas. Te castigas pensando si podías haber hecho algo más, si una palabra, un abrazo o una mirada hubieran cambiado su decisión. Pero la verdad es que el dolor que él llevaba ...
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