Qué miedo, ¿no? Eso de las prisas. Volverse loca de repente y verlo tan claro que incluso te ahogas... Sí, existen mil teorias sobre lo precipitado, el correr y el dejarse llevar. ¿Qué más dará? Al final, todos chocan y son pocos los que se salvan. Me acuerdo de esa película perfecta en la que decían que ser adulto significa tener un velocímetro de 120 y no poder ir nunca a más de 60. ¡Jodida razón! Vamos a aprovecharnos; existen demasiadas cosas para las que no hay multa ni sanción.
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Perder a tu mejor amigo es perder un pedazo de alma. No es solo alguien con quien compartías risas, secretos o días enteros de conversaciones sin fin. Es perder a esa persona que hacía que el mundo fuera más soportable, que convertía lo cotidiano en especial, que era capaz de arrancarte una sonrisa incluso en tus días más oscuros. Cuando tu persona favorita en el mundo se va, todo pierde color. La rutina se siente vacía, las horas se hacen eternas, y cada rincón guarda un recuerdo que duele tanto como consuela. Porque sí, recordar también duele. Es como tener una herida abierta que sangra cada vez que piensas en lo que ya no será. El suicidio deja preguntas que nunca tendrán respuesta. Te rompe por dentro imaginar cuánto tuvo que sufrir en silencio alguien que, por fuera, parecía lleno de vida, alegría y risas. Te castigas pensando si podías haber hecho algo más, si una palabra, un abrazo o una mirada hubieran cambiado su decisión. Pero la verdad es que el dolor que él llevaba ...
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