Escapar. Escapar con las nubes a un mundo aparte donde no existan los problemas, donde no exista esta rutina que me asfixia. Me encantaría ir al aeropuerto y coger un billete de avión al otro lado del mundo, tardar varios días en llegar a un nuevo lugar y construir mi felicidad desde el primer ladrillo. Huir. ¿Es necesario huir? Sol. Sol. Sol. Sin duda, me gusta el sol. Me encanta sentir sus rallos sobre mi piel, me encanta no tener frio. Me encanta el color de mis ojos cuando él está presente. Y por un momento, puedo huir quedandome quieta. Aunque quizás sea solo por un día. Por un día puedo quedarme en mi lugar y hacer algo diferente y olvidar, y olvidarme de toda la mierda y sentirme fuerte y sentirme capaz y sobre todo... sentirme viva.
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Perder a tu mejor amigo es perder un pedazo de alma. No es solo alguien con quien compartías risas, secretos o días enteros de conversaciones sin fin. Es perder a esa persona que hacía que el mundo fuera más soportable, que convertía lo cotidiano en especial, que era capaz de arrancarte una sonrisa incluso en tus días más oscuros. Cuando tu persona favorita en el mundo se va, todo pierde color. La rutina se siente vacía, las horas se hacen eternas, y cada rincón guarda un recuerdo que duele tanto como consuela. Porque sí, recordar también duele. Es como tener una herida abierta que sangra cada vez que piensas en lo que ya no será. El suicidio deja preguntas que nunca tendrán respuesta. Te rompe por dentro imaginar cuánto tuvo que sufrir en silencio alguien que, por fuera, parecía lleno de vida, alegría y risas. Te castigas pensando si podías haber hecho algo más, si una palabra, un abrazo o una mirada hubieran cambiado su decisión. Pero la verdad es que el dolor que él llevaba ...
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