Las cosas se parten, y ya está. Puedes arreglarlas para que cuando vuelvan a partirse lo hagan más aún o dejarlas así. Hay un día, que te das cuenta de que cuando algo está roto es mejor dejarlo roto y buscar algo mejor o convertirlo en prescindible. Se parte algo, y sabes que eso ya dejará de estar en tu vida para que algo nuevo entre. O seguirá roto en alguna esquina de la habitación. De cualquier manera, las cosas rotas nunca vuelven a funcionar igual de bien. Y cuando una es imprescindible tienes un grave problema. Quieras o no, tienes que buscar una nueva. Aunque no sepas si funcionará ni siquiera la mitad de bien que la antigua y rota.
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Perder a tu mejor amigo es perder un pedazo de alma. No es solo alguien con quien compartías risas, secretos o días enteros de conversaciones sin fin. Es perder a esa persona que hacía que el mundo fuera más soportable, que convertía lo cotidiano en especial, que era capaz de arrancarte una sonrisa incluso en tus días más oscuros. Cuando tu persona favorita en el mundo se va, todo pierde color. La rutina se siente vacía, las horas se hacen eternas, y cada rincón guarda un recuerdo que duele tanto como consuela. Porque sí, recordar también duele. Es como tener una herida abierta que sangra cada vez que piensas en lo que ya no será. El suicidio deja preguntas que nunca tendrán respuesta. Te rompe por dentro imaginar cuánto tuvo que sufrir en silencio alguien que, por fuera, parecía lleno de vida, alegría y risas. Te castigas pensando si podías haber hecho algo más, si una palabra, un abrazo o una mirada hubieran cambiado su decisión. Pero la verdad es que el dolor que él llevaba ...
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