Antes solía coger mi cámara de fotos y me la llevaba a todas partes, eran algo que no se me olvidaba nunca, a decir verdad era la única cosa que siempre se mudaba de bolso, junto con las llaves de casa. No es una gran cámara pero me ha servido para fotografiar buenos momentos, sobre todo en los últimos tiempos. Meses atrás dejé de hacer fotos, como si el mundo que tuviera alrededor no me importara, como si no hubiera cosas que plasmar para no olvidar, porque soy de esas personas que tienen tantas cosas en la cabeza que a veces se olvidan de recordar algunas especialmente importantes. Y no tiene excusa. Como una frase tan famosa de american beauty que decía "podía estar enfadado con lo que me pasó, pero como estarlo cuando hay tanta belleza en el mundo...". Y yo a veces no me doy cuenta. Hace unos días me dió por coger esa vieja cámara otra vez, con algunos arañazos e incluso creo, que tiene arena, pero es igual mientras aún le quede un suspiro, que me lo dé a mí. Supongo que muchas veces uno siente egoísmo y quiere tenerlo todo porque cree que no tiene nada y se siente vacio, o a veces demasiado lleno como esa cámara, que pasa su vida rememorando buenos recuerdos y sigue queriendo más y más hasta que la memoria dice llena. Creo que me pasa como a la cámara, primero tengo que asimilar todo lo bueno para descargarme y seguir creyendo que me queda mucho por ver. A veces nos sentimos tan extraños que no nos reconocemos a nosotros mismos ni aunque nos hagan un retrato.
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Perder a tu mejor amigo es perder un pedazo de alma. No es solo alguien con quien compartías risas, secretos o días enteros de conversaciones sin fin. Es perder a esa persona que hacía que el mundo fuera más soportable, que convertía lo cotidiano en especial, que era capaz de arrancarte una sonrisa incluso en tus días más oscuros. Cuando tu persona favorita en el mundo se va, todo pierde color. La rutina se siente vacía, las horas se hacen eternas, y cada rincón guarda un recuerdo que duele tanto como consuela. Porque sí, recordar también duele. Es como tener una herida abierta que sangra cada vez que piensas en lo que ya no será. El suicidio deja preguntas que nunca tendrán respuesta. Te rompe por dentro imaginar cuánto tuvo que sufrir en silencio alguien que, por fuera, parecía lleno de vida, alegría y risas. Te castigas pensando si podías haber hecho algo más, si una palabra, un abrazo o una mirada hubieran cambiado su decisión. Pero la verdad es que el dolor que él llevaba ...
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