Me considero una soñadora por naturaleza, supongo que si la vida te da tantos palos terminas convenciéndote a ti misma que no queda otra que soñar aquello que nunca te han dado o no has querido conseguir. El tiempo pasa y parece que todas las oportunidades se escaparan, pasaran por tu lado y les echaras un vistazo rápido y fuera. Pero llega un momento que te paras a pensar, algo no muy común hoy en día, y te das cuenta que aún no es el momento, el momento no lo decides tú, te viene por casualidad y ese momento puede significar el más amargo o el más feliz de todos. Continuidad, si señor, hemos nacido para experimentar, para vivir y las lágrimas aunque parezcan inútiles, se crearon para algo. Si tuvieramos que llorar sin lágrimas, a más de uno se le habrían caído los ojos. Puede que a algunos no les haya llegado el momento o la felicidad estos días anda escasa más que nada porque está ocupada dándoseles a los abogados matrimoniales, con tantos divorcios, cobrarán lo suficiente como para segurarse felicidad por largos años. Sí, las ilusiones se pierden, la desesperanza crece, y muchos pensarán que más vale pasarse la vida acumulando la mayor satisfacción posible para no caer en un agujero de depresión, aunque no todo depende de que un día la suerte se presente y algo en nosotros mejore, si no te atreves a demostrar lo que quieres recibir, poco o nada vas a conseguir. Aunque muchos crean que esto es resultado de una revolución hormonal, de un momento, de la suerte, puede que sí y puede que no, todo depende del corazón con que se sienta.
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Perder a tu mejor amigo es perder un pedazo de alma. No es solo alguien con quien compartías risas, secretos o días enteros de conversaciones sin fin. Es perder a esa persona que hacía que el mundo fuera más soportable, que convertía lo cotidiano en especial, que era capaz de arrancarte una sonrisa incluso en tus días más oscuros. Cuando tu persona favorita en el mundo se va, todo pierde color. La rutina se siente vacía, las horas se hacen eternas, y cada rincón guarda un recuerdo que duele tanto como consuela. Porque sí, recordar también duele. Es como tener una herida abierta que sangra cada vez que piensas en lo que ya no será. El suicidio deja preguntas que nunca tendrán respuesta. Te rompe por dentro imaginar cuánto tuvo que sufrir en silencio alguien que, por fuera, parecía lleno de vida, alegría y risas. Te castigas pensando si podías haber hecho algo más, si una palabra, un abrazo o una mirada hubieran cambiado su decisión. Pero la verdad es que el dolor que él llevaba ...
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