Muchas veces no encuentro una explicación creíble a las cosas que pasan por nuestra vida. Es tan distinto lo real de lo que vemos en los sueños que es una depresión tan grande que vacía el corazón y llena los ojos de lágrimas. Ese sentimiento es a veces tan inmenso que impide que nos liberemos y nos asfixia en un espacio tan pequeño como la oscuridad que alcanzan a ver nuestros ojos en una noche. Las nubes, el aire, el sol, el calor sobre la piel, el tacto que solo recuerdan las manos, todo eso se olvida, se añora, se vuelve melancolía y el pensamiento se nubla blanco porque nada de lo que realmente amamos nos consigue levantar. Y es un cambio tan infimamente pequeño, de un segundo, el camino que recorre la preocupación de manos de la soledad hasta difuminarse y dejar paso a la alegría. Puede parecer una tontería pero los sentimientos son así, tan finos y delgados como un cabello, dura para toda la vida pero es tan fácil perderlo. Cambios constantes. Estados cambiantes. Vida.
¿En serio?
Esta es la historia de la más breve de mis relaciones, pero también de la que terminó, al menos para mí, de manera más confusa. Ya había tenido problemas anteriormente a causa de mi bisexualidad con algunos de los chicos con los que había estado. Lo que no podía imaginarme era que quien llegaría a dejarme por ello sería una chica, la primera y última chica con la que he llegado a tener una relación de pareja. Debo decir que creo que no fue el único motivo por el que decidió no continuar conmigo. Nos habíamos conocido por internet, teníamos una relación a distancia y las cosas no eran fáciles. No nos podíamos permitir vernos tan a menudo como nos hubiera gustado, pues vivíamos a casi tres horas en coche. Ninguna de las dos contaba con vehículo propio y ella vivía en un pueblo al que llegaban pocos autobuses. Pero no sé, podría haber alegado otro motivo para cortar conmigo que el de mi orientación sexual. Me cayó bien, empecé a seguirla y ella a mí y a raíz de eso empezamos ...
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