Muchas veces no encuentro una explicación creíble a las cosas que pasan por nuestra vida. Es tan distinto lo real de lo que vemos en los sueños que es una depresión tan grande que vacía el corazón y llena los ojos de lágrimas. Ese sentimiento es a veces tan inmenso que impide que nos liberemos y nos asfixia en un espacio tan pequeño como la oscuridad que alcanzan a ver nuestros ojos en una noche. Las nubes, el aire, el sol, el calor sobre la piel, el tacto que solo recuerdan las manos, todo eso se olvida, se añora, se vuelve melancolía y el pensamiento se nubla blanco porque nada de lo que realmente amamos nos consigue levantar. Y es un cambio tan infimamente pequeño, de un segundo, el camino que recorre la preocupación de manos de la soledad hasta difuminarse y dejar paso a la alegría. Puede parecer una tontería pero los sentimientos son así, tan finos y delgados como un cabello, dura para toda la vida pero es tan fácil perderlo. Cambios constantes. Estados cambiantes. Vida.
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Perder a tu mejor amigo es perder un pedazo de alma. No es solo alguien con quien compartías risas, secretos o días enteros de conversaciones sin fin. Es perder a esa persona que hacía que el mundo fuera más soportable, que convertía lo cotidiano en especial, que era capaz de arrancarte una sonrisa incluso en tus días más oscuros. Cuando tu persona favorita en el mundo se va, todo pierde color. La rutina se siente vacía, las horas se hacen eternas, y cada rincón guarda un recuerdo que duele tanto como consuela. Porque sí, recordar también duele. Es como tener una herida abierta que sangra cada vez que piensas en lo que ya no será. El suicidio deja preguntas que nunca tendrán respuesta. Te rompe por dentro imaginar cuánto tuvo que sufrir en silencio alguien que, por fuera, parecía lleno de vida, alegría y risas. Te castigas pensando si podías haber hecho algo más, si una palabra, un abrazo o una mirada hubieran cambiado su decisión. Pero la verdad es que el dolor que él llevaba ...
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