jueves, 7 de julio de 2016

Equivócate. Alégrate de todos tus errores. De todos y cada uno de ellos, sí. De los que te avergüenzan, de los que te arrepientes, de los que te enorgulleces y de esos con los que te partes de risa. Todos los errores cometidos y por cometer son parte definitoria de aquello que eres. Porque con todos has aprendido algo, todos han cambiado algo de ti, con todos has vivido una emoción, dulce o amarga, que es tan tú como cada uno de tus aciertos.
La relación con los errores no es fácil. Hay algunos que se quieren olvidar. Seguir adelante como si eso nunca hubiera existido. Como si nunca hubieras juzgado por adelantado, como si no te hubieras equivocado por haber sido tan impulsiva, tan cabezota. Pero te equivocaste. Erraste. La cagaste, para que nos entendamos. Pero, no pasa nada. Aprendiste de ello. O bueno, quizá no aprendiste nada y has vuelto a cometer el mismo error una y otra vez, que de todo hay. Pero entonces es obvio que ese error sigue formando parte de ti.
Porque tal vez te gustaría que la película de tu vida recogiera solo los éxitos, las alegrías y los aciertos que has tenido. Pero esa sería una historia incompleta. Una historia que obviara todo el proceso de aprendizaje que has experimentado hasta llegar donde estás hoy, hasta haberte convertido en el ser que hoy te devuelve el espejo, no sería fiel al camino que has seguido.

Porque todo eso que fue un error cuenta. Cuenta desde el día que metiste los dedos en el enchufe con tres años para aprender uno, que tu madre tiene razón, y dos, que la cautela es una gran virtud. Hasta la impulsividad que te llevo a vivir aquella historia de verano que tanto daño te hizo después. Porque quizá fue un error y era obvio que acabaría como acabó, sí; pero tú eres lo que eres hoy también por aquella experiencia.
Por eso no te avergüences más de la cuenta. Tampoco es plan de que vayas contando todas tus intimidades a diestro y siniestro. Hay errores que uno sabe que los ha cometido. Y con eso basta. Se aprende la lección y se sigue hacia delante. Pero no hay nada malo en errar.
De hecho, incluso la mayoría de nuestros aciertos son consecuencia de un error previo. Porque el que acierta en una ocasión quizá solo ha tenido suerte y la siguiente vez que lo intente probablemente no atinará. Pero el que acierta porque antes se ha equivocado ha aprendido cómo hacer las cosas bien y conoce las consecuencias de sus acciones. Al final la dimensión de tus aciertos será proporcional a la suma de tus errores.