miércoles, 29 de marzo de 2017

El otro día me di cuenta. El otro día caí. No lo sabía, pero me había ido fabricando una montaña de miedos, de inseguridades, de complejos, de autoengaños. Estaban colocados uno sobre otro y yo estaba sentada una silla encima de esa incómoda cima. Ahí pasaba los días, pensando que esa vista, que ese lugar, era lo normal y donde yo tenía que estar.
La empecé a construir hace años. Nació siendo una colina pequeña y ha ido creciendo y creciendo hasta casi convertirse en una gran montaña. Doy gracias por haber resbalado ahora antes de que esa montaña se hubiese convertido en un ochomil, la caída habría sido muchísimo peor.
La caída del otro día fue inesperada. Un descuido tonto, una carga de más, una acumulación más, un golpe en el pecho más y caí. Caí ladera abajo, golpeándome con la esquina de algún miedo y complejo, haciéndome rasguños con pena y agobio afilado, raspándome la piel con silencios guardados y carga acumulada. Pero ahora estoy algo mejor. Lamiéndome las heridas y acolchándome en mi nuevo sitio al pie de la montaña.
Pero ahora empieza el trabajo para desmontarla, para no volver a colocarme ahí. Toca hacer limpieza. Y en ello estoy. Aquí sentada, mirando hacia la cima de esa colina construida a lo largo de los años, he decidido ponerle nombre. Porque no concibo que exista algo tan mío sin poder nombrarlo de algún modo. Así que la he bautizado y ahora se llama mi montaña Y si.
Porque está plagada de todos los “Y sis” que me he dicho (que me digo) continuamente.
¿Y si sale mal?
¿Y si no lo consigo?
¿Y si lo hago mal?
¿Y si siempre soy mediocre?
¿Y si termina?
¿Y si no llega a empezar?
¿Y si no contesta?
¿Y si es un no?
Y si…
Y de “y si” he llenado (llenamos) la vida. Con miedos que me paralizan. Con hipótesis que me oprimen el pecho. Con una angustia que no me deja respirar.
Pero ahora, todavía con las magulladuras de caer por la ladera, me quiero poner las heridas al aire, que se curen. No me avergüenzo si ahora se ven. No me asusta si quedan cicatrices porque son mías, porque son marcas de vida.
De entre los cachivaches inútiles de la montaña he rescatado un espejo casi nuevo y me he empezado a mirar de verdad. A decirme las virtudes, los fallos. Porque sí, no soy perfecta, nadie lo es. Pero eso virtudes y esos fallos son los que me hacen. Y a ellos, también he de quererles de verdad. Bueno, a mí (con todo lo que implica y significan esas pequeñas dos letras) he de quererme de verdad.
Mirando los “Y sis” acumulados, me he dado cuenta que tienen otra cara. Y por fin he empezado a mirarlos del derecho y del revés. Porque ¿Y si sale bien? ¿Y si lo consigo? ¿Y si comienza?
Estoy preparada para que sea un no, para que vaya mal. Pero ahora voy a prepararme para cuando llegue un sí.
Mientras tanto, sigo haciendo limpieza y estoy desmontando mi montaña de miedos.
Y en el espejo me miro de verdad y también me digo que puede que sea no, pero ¿y si es un sí?

miércoles, 18 de enero de 2017

Tambien soy imbecil

 Nos empeñamos en poner nuestros corazones en manos de otros, con la esperanza de que lo cuiden y haciendo que nuestra felicidad y bienestar dependan de ello. He necesitado muchísimos años en una relación tóxica, y otra buena temporada sola para darme cuenta de que la vida pasa muy deprisa y yo seguía estancada, mirándola pasar. También he pasado por la típica etapa en la que intentas buscar en las redes sociales y todo ese tipo de aplicaciones para conocer gente, alguien que consiga volver a encender la chispa, que consiga "pegar" esos trozos que se han roto o perdido por el camino, o llenar un vacío para sentirte mejor. Y no funcionó. Acabé más rota aún. Descubrí la frialdad con la que algunas personas pueden llegar a tratarte, y como te acabas dando cuenta de que la mayoría va buscando personas por catálogo. Como si de la búsqueda del traje para la boda de tu amigo se tratase. Solo les importa ver suficientes fotos para despues seguir hablándote, o no hacerlo. Da igual el tiempo que hayan conversado contigo, o incluso que te hablara cada hora porque le "encantaba" charlar contigo. Da igual que tú seas una persona como cualquier otra y puedan hacerte daño. Ni un mínimo respeto o cortesía, dandote al menos una explicación. Falta de huevos en la mayoría de casos.
Por eso me alejé de todas esas páginas y busqué fuera de ellas lo que realmente necesitaba encontrar. A mí.

Si, soy una intensa

Lo confieso: soy una intensa. Ya está, ya lo he dicho. Ya he salido del armario de la intensidad.

Soy una intensa, pero mucho. Lloro con las películas tristes, con las felices y hasta en los musicales, cuando cantan alguna lenta.  También hago mucha una cosa, y es que cuando me gusta alguien, me ilusiono muy rápidamente y me paso todo el día soñando despierta. Si me sale bien, vivo la relación muy intensamente y cuando no, vivo la pérdida con la misma intensidad.
No puedo evitarlo, siempre he sido una intensa. Y cuando me llamo a mí misma “intensa” no lo hago para dar una imagen de superioridad intelectual de mi misma, ni mucho menos. No quiero que me imaginéis redactando este post mientras me fumo un cigarro tumbada en la cama con un libro de Dostoyévski reposando casualmente sobre mi mesilla. Además, eso solo pasa en las películas y en las historias de Instagram de treintañeros desesperados por ligar.
Que sea una intensa, tampoco significa que no sepa relativizar o dar la importancia adecuada a cada cosa o que mi existencia sea más dramática que la de Amanda Bynes en Twitter. No significa que si me enamoro de ti vaya a montarte un pollo cada vez que no me contestas a un Whatsapp, ni que vaya a ser incapaz de aceptar que la relación se ha acabado o, a veces, que ni siquiera había empezado. Que sea una intensa no significa que sea una inmadura.
Porque que yo sea una intensa no tiene nada que ver contigo, en realidad. Tiene que ver conmigo misma y con la forma en que he decidido vivir y sentir las cosas, y no tiene por qué afectar a la relación que tenemos más que lo haría que fuese vegetariana o una apasionada del heavy metal.
Y sé que el problema de todo esto, realmente, es que lo que está de moda es justamente lo contrario a ser una intensa: la indiferencia. Fingir que nada tiene demasiada importancia, ni lo bueno, ni lo malo. Esperar para contestar a un mensaje para no parecer una desesperada; arreglarte, pero no demasiado, para que no parezca que lo has pensado mucho; decir no cuando quieres decir sí, para parecer desinteresada, y, en general, vivir todas tus relaciones con un pie siempre en la puerta para que así no puedan romperte el corazón en el caso de que salga mal. Como si fuera todo parte de un gran juego cuyas normas hemos aceptado todos, aunque a las intensitas como yo se nos dé peor entenderlas.
Y ¿sabéis qué os digo? Que estoy harta de tanta norma. No quiero esperar más para mandar ese mensaje, ni seguir fingiendo que esa relación que salió mal no me importaba, ni hacer de tripas corazón para disimular que tengo miedo.
No quiero fingir más.
Soy una intensa, e intensa me quedaré.