martes, 1 de agosto de 2017

Vivir. Avanzar. Tropezar. Aprender. Seguir adelante. Querer. Soñar. Sentir. Reír. Volar. Atreverse.

Pasan los años y nos hacemos mayores. Aprendemos a vivir, a querernos, a luchar, a levantarnos cuando nos caemos. Aprendemos a entender quiénes somos, quiénes queremos ser. Aprendemos a querernos y a caminar hacia lo que nos hace felices. Tropezar, caer, levantarse. Tropezar, caer, levantarse. Tropezar, caer, levantarse. Vivir.
Avanzar en la vida viene a veces acompañado de lazos. Lazos que nos unen a personas, a vivencias, a sentimientos, a lugares. Nos atamos, voluntaria o involuntariamente a elementos que vamos encontrando por nuestro camino hasta que, al final, se vuelven imprescindibles.
A veces, sin querer, entre esos lazos se cuelan algunos que nos unen a cosas tóxicas. A piedras que no nos dejan avanzar. A elementos que nos rodean y que damos por supuesto sin pararnos a pensar que podrían estar haciéndonos daño, frenándonos en nuestro camino.
Atreverse no implica necesariamente vivir saltando al vacío, ni dejarlo todo cada vez que no sabemos cómo enfrentarnos a nuestros problemas. Atreverse se trata de ser capaces de mirar a la vida a los ojos, dar un puñetazo en la mesa y trabajar por cambiar aquello que nos disgusta.
Nos atrevemos cuando dejamos de callarnos lo que de verdad pensamos. Nos atrevemos cuando renunciamos a la seguridad que nos da ese trabajo que nos hace infelices por intentar cumplir un sueño. Nos atrevemos cuando vamos al cine o a cenar solas porque nos apetece tener una cita con la persona más especial de nuestras vidasNos atrevemos cuando dejamos de lado de una vez los complejos y nos ponemos ese bikini, ese vestido o esa falda sin dar importancia a lo que piensen los demás. Nos atrevemos cuando gritamos al mundo que somos preciosas.

Atreverse es decir a ese tío que te gusta que quieres hacerle cuatro hijos contra una pared. Atreverse es pensar que él se lo pierde si te dice que no, y no que ‘no eres suficiente’. Atreverse es sentir, es soñar, es transformar los sueños en realidades. Atreverse es sonreír a la vida y aprovechar las oportunidades que nos regala, sin miedo al rechazo, al fracaso, sin miedo a ser felices. Atreverse es reconocer lo mucho que vales . Atreverse es quererse, aceptarse, sin renunciar a ser lo que somos. Atreverse es no tener miedo de priorizar lo que crees que te hará feliz por encima de lo que se supone que debes hacer. Atreverse es quererse, quererse mucho, sin por ello renunciar a seguir avanzando hacia la persona que queremos ser. 
2016 ha sido, para mí, el año en el que por fin me he atrevido. Me he atrevido a enamorarme, dejando de lado el pavor a que me hiciesen daño que había desarrollado tras mi última relación seria. Me he atrevido a dejarme llevar, a querer a alguien, a abrirme a él sin importarme la posibilidad de acabar herida, me he atrevido a pensar que valía la pena. 
Me he atrevido a priorizar mi felicidad por encima de obligaciones autoimpuestas, personas tóxicas y cosas que suponían un lastre en mi vida. Me he atrevido a ser feliz, y lo soy, más que nunca.
¿Qué momento mejor que este para vivir? ¿Qué día mejor que hoy para atreverse? ¿Qué instante va a ser mejor que ahora mismo para entender que vivir, es atreverse, que atreverse, es vivir?

lunes, 24 de julio de 2017

Me voy a poner un poco en plan Abuela Cebolleta, pero lo cierto es que recuerdo, no sin cierta añoranza, aquellos tiempos en los que nos despertábamos con el móvil apagado y no lo encendíamos hasta bien entrada la mañana. No había redes sociales, no había notificaciones que leer, si acaso un sms de ‘Buenas noches preciosa’ que te habían enviado cuando ya te habías ido a la cama y por el que el chico en cuestión había pagado 0,15 céntimos. Eso era amor y no los besos con corazón del whatsapp…

Notitas de amor en papel entre compañeros de clase, una llamada perdida cuando salía algo en la tele que te recordaba a él, cintas de casette con vuestras canciones. Ir a recogerte a la puerta de casa, usar el telefonillo para decir ‘Ya estoy aquí, baja’, saberse de memoria el teléfono fijo de tu novio y tus mejores amigas y llamar, hablar, mantener conversaciones importantes durante horas, o hacer una llamada rápida para quedar y hablar las cosas en persona. Los ‘Te quiero’ en persona valían mucho más, y los ‘Te dejo’ también. Eran más valientes, más duros, más reales.
Ahora son todo emoticonos, videos enviados por whatsapp que, al menos yo, borro sin mirar, mensajes de buenas noches y buenos días que podrían ser de cualquiera, para cualquiera. Ahora las rupturas son whatsapps que dicen que ‘Quizá deberíamos terminar lo nuestro’ y que probablemente son enviados sin pensarlo bien, sin meditarlo, quizá sentados en el wc o viendo ‘Master chef’ por la tele, como quien lee un artículo del 20 Minutos o pasea por Pinterest en busca de inspiración. Tienen el mismo valor que esos ‘Ey guapa, ¿qué haces esta noche?’recibidos un sábado de madrugada…

Nos escondemos detrás de una pantalla para todo. Para criticar lo que no nos gusta en redes sociales, para escribir cosas de manera anónima y no mostrar nuestros sentimientos, para decir ‘Te quiero’ o para contestar con evasivas cuando nos lo dicen y no es correspondido. Para terminar pseudo-relaciones con las que no queremos seguir, para hacernos los locos y no contestar a un mensaje, para fingir que no nos duele lo que nos dicen. O lo que nos dejan de decir. Para que nadie vea que nos han vuelto a romper el corazón en mil pedazos.

Nos obsesionamos con que nos dejen en visto, con la última conexión del chico de turno, con las visualizaciones de los Stories de Instagram (¿pero a quién se le ocurrió inventar eso?). Nos preguntamos si nuestro móvil funciona, si se ha vuelto a caer whatsapp, si es necesario que reiniciemos porque ‘no es normal’ que nadie nos escriba. Nos extraña que lo último que hemos compartido en Facebook no tenga los likes que esperábamos, que esa foto de Instagram en la que estamos tan guapas no haya recibido más corazones o que nadie conteste al plan que propusiste ayer en el chat de amigas de whatsapp. Cotilleamos los perfiles de Facebook, Instagram y Twitter de la gente sin miramientos, los de ‘él’ y los de esa chica que sale en sus fotos. Nos inventamos la vida de los demás porque no es suficiente lo que nos muestran, queremos más, tenemos ansias de saber, ¿qué ha hecho este fin de semana?, ¿con quién ha estado?, ¿por qué no ha subido fotos de sus vacaciones?, ¿por qué no ha subido nada a redes sociales en 5 días? No nos planteamos que esa persona lo que está haciendo es vivir…

Y es que muchos de nosotros nos hemos olvidado de vivir como antes, de hablar las cosas a la cara, de leer las noticias en papel, de disfrutar de un artículo sin necesidad de opinar sobre él. De sentir las páginas de las revistas, del olor a nuevo de los libros recién comprados, de vivir la vida sin prisas, sin últimas conexiones, sin necesitar los mensajes de otros para que mejore nuestro día. Nos hemos olvidado de pasear sin rumbo, sin gps, de perdernos por las calles, de caminar mirando hacia arriba en vez de mirando hacia abajo. Nos hemos olvidado de grabar canciones de amor. Nos hemos olvidado de querer de verdad, de querer a la cara, de llorar delante de los demás todo aquello que nos duele. De mostrar nuestros sentimientos, de sentir, de disfrutar lo que tenemos. Nos hemos olvidado de vivir nuestra vida por nosotros, para nosotros, sin pensar en los demás.

miércoles, 29 de marzo de 2017

El otro día me di cuenta. El otro día caí. No lo sabía, pero me había ido fabricando una montaña de miedos, de inseguridades, de complejos, de autoengaños. Estaban colocados uno sobre otro y yo estaba sentada una silla encima de esa incómoda cima. Ahí pasaba los días, pensando que esa vista, que ese lugar, era lo normal y donde yo tenía que estar.
La empecé a construir hace años. Nació siendo una colina pequeña y ha ido creciendo y creciendo hasta casi convertirse en una gran montaña. Doy gracias por haber resbalado ahora antes de que esa montaña se hubiese convertido en un ochomil, la caída habría sido muchísimo peor.
La caída del otro día fue inesperada. Un descuido tonto, una carga de más, una acumulación más, un golpe en el pecho más y caí. Caí ladera abajo, golpeándome con la esquina de algún miedo y complejo, haciéndome rasguños con pena y agobio afilado, raspándome la piel con silencios guardados y carga acumulada. Pero ahora estoy algo mejor. Lamiéndome las heridas y acolchándome en mi nuevo sitio al pie de la montaña.
Pero ahora empieza el trabajo para desmontarla, para no volver a colocarme ahí. Toca hacer limpieza. Y en ello estoy. Aquí sentada, mirando hacia la cima de esa colina construida a lo largo de los años, he decidido ponerle nombre. Porque no concibo que exista algo tan mío sin poder nombrarlo de algún modo. Así que la he bautizado y ahora se llama mi montaña Y si.
Porque está plagada de todos los “Y sis” que me he dicho (que me digo) continuamente.
¿Y si sale mal?
¿Y si no lo consigo?
¿Y si lo hago mal?
¿Y si siempre soy mediocre?
¿Y si termina?
¿Y si no llega a empezar?
¿Y si no contesta?
¿Y si es un no?
Y si…
Y de “y si” he llenado (llenamos) la vida. Con miedos que me paralizan. Con hipótesis que me oprimen el pecho. Con una angustia que no me deja respirar.
Pero ahora, todavía con las magulladuras de caer por la ladera, me quiero poner las heridas al aire, que se curen. No me avergüenzo si ahora se ven. No me asusta si quedan cicatrices porque son mías, porque son marcas de vida.
De entre los cachivaches inútiles de la montaña he rescatado un espejo casi nuevo y me he empezado a mirar de verdad. A decirme las virtudes, los fallos. Porque sí, no soy perfecta, nadie lo es. Pero eso virtudes y esos fallos son los que me hacen. Y a ellos, también he de quererles de verdad. Bueno, a mí (con todo lo que implica y significan esas pequeñas dos letras) he de quererme de verdad.
Mirando los “Y sis” acumulados, me he dado cuenta que tienen otra cara. Y por fin he empezado a mirarlos del derecho y del revés. Porque ¿Y si sale bien? ¿Y si lo consigo? ¿Y si comienza?
Estoy preparada para que sea un no, para que vaya mal. Pero ahora voy a prepararme para cuando llegue un sí.
Mientras tanto, sigo haciendo limpieza y estoy desmontando mi montaña de miedos.
Y en el espejo me miro de verdad y también me digo que puede que sea no, pero ¿y si es un sí?

miércoles, 18 de enero de 2017

Tambien soy imbecil

 Nos empeñamos en poner nuestros corazones en manos de otros, con la esperanza de que lo cuiden y haciendo que nuestra felicidad y bienestar dependan de ello. He necesitado muchísimos años en una relación tóxica, y otra buena temporada sola para darme cuenta de que la vida pasa muy deprisa y yo seguía estancada, mirándola pasar. También he pasado por la típica etapa en la que intentas buscar en las redes sociales y todo ese tipo de aplicaciones para conocer gente, alguien que consiga volver a encender la chispa, que consiga "pegar" esos trozos que se han roto o perdido por el camino, o llenar un vacío para sentirte mejor. Y no funcionó. Acabé más rota aún. Descubrí la frialdad con la que algunas personas pueden llegar a tratarte, y como te acabas dando cuenta de que la mayoría va buscando personas por catálogo. Como si de la búsqueda del traje para la boda de tu amigo se tratase. Solo les importa ver suficientes fotos para despues seguir hablándote, o no hacerlo. Da igual el tiempo que hayan conversado contigo, o incluso que te hablara cada hora porque le "encantaba" charlar contigo. Da igual que tú seas una persona como cualquier otra y puedan hacerte daño. Ni un mínimo respeto o cortesía, dandote al menos una explicación. Falta de huevos en la mayoría de casos.
Por eso me alejé de todas esas páginas y busqué fuera de ellas lo que realmente necesitaba encontrar. A mí.

Si, soy una intensa

Lo confieso: soy una intensa. Ya está, ya lo he dicho. Ya he salido del armario de la intensidad.

Soy una intensa, pero mucho. Lloro con las películas tristes, con las felices y hasta en los musicales, cuando cantan alguna lenta.  También hago mucha una cosa, y es que cuando me gusta alguien, me ilusiono muy rápidamente y me paso todo el día soñando despierta. Si me sale bien, vivo la relación muy intensamente y cuando no, vivo la pérdida con la misma intensidad.
No puedo evitarlo, siempre he sido una intensa. Y cuando me llamo a mí misma “intensa” no lo hago para dar una imagen de superioridad intelectual de mi misma, ni mucho menos. No quiero que me imaginéis redactando este post mientras me fumo un cigarro tumbada en la cama con un libro de Dostoyévski reposando casualmente sobre mi mesilla. Además, eso solo pasa en las películas y en las historias de Instagram de treintañeros desesperados por ligar.
Que sea una intensa, tampoco significa que no sepa relativizar o dar la importancia adecuada a cada cosa o que mi existencia sea más dramática que la de Amanda Bynes en Twitter. No significa que si me enamoro de ti vaya a montarte un pollo cada vez que no me contestas a un Whatsapp, ni que vaya a ser incapaz de aceptar que la relación se ha acabado o, a veces, que ni siquiera había empezado. Que sea una intensa no significa que sea una inmadura.
Porque que yo sea una intensa no tiene nada que ver contigo, en realidad. Tiene que ver conmigo misma y con la forma en que he decidido vivir y sentir las cosas, y no tiene por qué afectar a la relación que tenemos más que lo haría que fuese vegetariana o una apasionada del heavy metal.
Y sé que el problema de todo esto, realmente, es que lo que está de moda es justamente lo contrario a ser una intensa: la indiferencia. Fingir que nada tiene demasiada importancia, ni lo bueno, ni lo malo. Esperar para contestar a un mensaje para no parecer una desesperada; arreglarte, pero no demasiado, para que no parezca que lo has pensado mucho; decir no cuando quieres decir sí, para parecer desinteresada, y, en general, vivir todas tus relaciones con un pie siempre en la puerta para que así no puedan romperte el corazón en el caso de que salga mal. Como si fuera todo parte de un gran juego cuyas normas hemos aceptado todos, aunque a las intensitas como yo se nos dé peor entenderlas.
Y ¿sabéis qué os digo? Que estoy harta de tanta norma. No quiero esperar más para mandar ese mensaje, ni seguir fingiendo que esa relación que salió mal no me importaba, ni hacer de tripas corazón para disimular que tengo miedo.
No quiero fingir más.
Soy una intensa, e intensa me quedaré.