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Mostrando entradas de agosto, 2010
No me mola nada esa doble moralidad que parece hay que llevar de complemento cada vez que se conoce a alguien, cada vez que se entra en un sitio, cada vez que se hace algo o cada vez que uno intenta mostrar lo que se es. Porque en eso de mostrar, todos somos expertos. Intentamos demostrar al mundo lo geniales, lo astutos y lo sabios que somos frente a los demás. ¿Y la parte mala? Nunca existió.
Odio cada vez que se meten en mi vida como hambrientos alrededor de una mesa llena de comida. Arrasan con todo lo que hay y luego se van sin apenas percatarse de que en el mundo hay otros tantos que tienen igual o más hambre que ellos. Hambre de llegar el primero en la carrera de fondo, hambre de un halago, de una mirada llena de deseo o hambre de dinero.
A mí me gusta ir a mi bola, no me meto en la vida de los demás porque lo más seguro es que no tenga ese derecho, y porque me duele que lo hagan con la mía, que más que de otros, es mía primero. Así que intento mimarla por si algún …
“Es bueno ser feliz simplemente; es un poco mejor saber que se es feliz; pero comprender la felicidad y saber por qué y cómo, en qué sentido, a causa de qué sucesión de hechos o circunstancias se ha logrado tal estado, y seguir siendo feliz, feliz de serlo y saberlo, eso está más allá de la felicidad, eso es la gloria, y si se tuviera un poco de sentido común debería uno suicidarse allí mismo y acabar de una vez."

(Si el mundo está roto, tu sonrisa me pone en pie)
Supongo que necesito los pequeños detalles, las sonrisas, los abrazos, los disgustos, las ironías, incluso la indiferencia. Son el reflejo de cada uno de nosotros, algo así como nuestra marca personal. Quizás es por eso no se puede reemplazar a nadie, porque todos estamos hechos de pequeños detalles. Cosas que hacen que alguien más extrañe nuestra presencia. Momentos irremplazables. Algo así como un café. Si. Un café, hoy, con cualquier persona, será tremendamente distinto a un café de hace cuatro años, con la misma persona. Y creo que no deberíamos intentar recuperar lo que perdemos. Porque no será lo mismo.
"Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. Si me odias, significa que todavía te importo."
Es una de las cosas que he aprendido estos 15 días . También he aprendido que hay gente impresionante escondida por los rincones del mundo .
Prefiero morir vicioso y feliz a limpio y aburrido. Prefiero encontrar una estrella en el fango a cuatro diamantes sobre un cristal. Prefiero que la estrella queme, sea fuego, a un tacto rezumante de frialdad. Prefiero besar el duro suelo veinte veces para llegar una sola vez a lo más alto a escalar poco a poco, sin caer nunca pero sin llegar jamás a la cima. Prefiero que me duela a que me traspase, que me haga daño a que me ignore. Prefiero sentir. Prefiero una noche oscura y bella, sucia y hermosa, a un montón de días claros que no me digan nada. Prefiero una cadena a un bozal. Prefiero quedarme en la cama todo el día pensando en mi vida a levantarme para pensar en la de otros. Prefiero un gato a un perro. Porque el gato te araña, es infiel, te ignora, se escapa, pero sabes que, a pesar de todo, no podría vivir sin ti. En cambio, el perro es tonto, no sabe nada, te obedece hasta el absurdo. Prefiero las mujeres gato a las mujeres perro, por las mismas razones. Prefiero …
Discúlpeme doctor pero...
¿Dónde se inyecta el colágeno para rellenar el vacío existencial?
Es de héroes sonreir cuando tu corazón sólo quiere llorar...
¿Sabes eso que dicen de que alguien no sabe lo que tiene hasta que lo pierde? Pues lo peor de todo es que yo sabía perfectamente lo que estaba perdiendo y dejé que te fueras.
¿Tendrá sentido comprar una póliza de seguro contra el dolor de una futura pérdida pagando como prima no entregar el corazón a nada ni a nadie? Seguro que no.

En la letra pequeña de este macabro contrato dice con claridad que, si bien no se garantiza la ausencia de dolor, se predice la desaparición definitiva de toda posibilidad de disfrutar de un genuino encuentro con los demás.

No es que no sea posible disfrutar sin necesidad de sufrir por ello, pero el goce es imposible mientras se está escapando obsesivamente del dolor.

La manera de no padecer ‘de más’ no es amar ‘de menos’, sino aprender a no quedarse pegado a lo que no está cuando el momento de separación o de la pérdida nos toca.