martes, 25 de noviembre de 2014

Si lloras con esto, es que eres de las mias

Lo reconozco soy una sensiblona por naturaleza y lo que es mas importante LLORONA

Ademas dicen que es buenísimo para el espíritu. El llanto siempre ha sido considerado como un ejemplo de debilidad humana normalmente vinculado a las mujeres porque los chicos no lloran (tienen que pelear). Pero son muchos los estudios que demuestran que los efectos del llanto son tan beneficiosos como los de la risa ya que se libera estrés y se eliminan toxinas. Una buena llorada es mano de santo para descargar tensiones y nos deja suaveeee-suaaaave (su-su-suuuuuave). Llorar de tensión, de felicidad, de emoción, de tristeza, de dolor… no todas las lágrimas son iguales, pero todas son beneficiosas. Lloronas del mundo, ¡uníos! Mis momentos de llando imparable son cuando...
1. Cuando aciertan con un regalo. En ese momento sientes una especie de conexión cósmica con la persona en cuestión. Podemos llamarlas “lágrimas materialistas”, pero son maravillosas.
2. Al acabar un libro que te ha gustado mucho. Es como si archivaras un cachito de tu vida en la estantería y te asaltan preguntas ¿cuándo volveré a encontrar otro así?
3. Cuando suena tu canción favorita durante un concierto. Da igual lo macarra que sea la canción, siempre se produce un instante de armonía vital que emociona a cualquiera y de repente notas las mejillas húmedas.
4. Ordenando tu “caja de los recuerdos”. Cuando encuentras las cartitas que te escribían tus amigas en el cole hablando de los chicos que nos gustaban y de los planes del fin de semana es inevitable que te asalte la nostalgia y un puntito de vergüenza ajena.
5. Cuando entras en cualquier portal de búsqueda de empleo. ¡Qué ansiedad!
6. Cuando se te rompe algo muy valioso. Vivimos con el miedo de que se nos rompa el smartphone. Dramas del primer mundo.
7. Con cualquier película de Disney. Porque todas tienen ALGO para hacernos lloriquear a mansalva...
8. Viendo el video de los perros recibiendo a sus dueños-soldados-yankis. En realidad viendo casi cualquier video de animalitos.
9. Con algunas historias de “Hay una cosa que te quiero decir” (que es importante al menos para mí). No lo reconocerás nunca en público porque se supone que tú odias ese programa, pero lloras en secreto.
10. Cuando llegas a algún lugar solemne. Te sientes así como chiquitica y es todo muy bonico y claro: fresita.
11. El día que te dejan hecha un adefesio en la peluquería. Además de llorar tienes ganas de asesinar.
12. La mañana que no hay café descafeinado de ese con espumita... Entonces quieres hacerte un bichobola y quedarte debajo del nórdico llorando bajito.
13. Cuando llega el calor (los chicos se enamoran) y descubres que tu vestido favorito no te sirve. Ataquito de ira, llanto y pataleo.
14. Con los anuncios de Coca-Cola o con el de: “Esto es un bocadillo mágico, es pan con pan y nosotras nos imaginamos lo que hay en el medio”. Los publicistas son una raza cruel.

Dicen que soy....

 Una persona con muchas facetas en mi vida, capaz de adaptarte a cualquier situación. Me gusta ayudar a los demás y también sentir y admitir que de vez en cuandosoy yo la persona que necesita ayuda.Soy de esas personas que encuentra en cada ser algo especial, y normalmente la gente no sabe valorar eso...mucha gente me dejará pasar en la vida, y se arrepentirá de ello el resto de sus días, por que personas comoyo ya no existen en el mundo.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Como superar una ruptura sin morir en el intento...

Voy a empezar este post en modo abuela cebolleta, pero todas tenemos una dentro (y es muy sabia). Recién estrenada la treintena, ya he recopilado una serie de grandes consejos de la vida: 1) si tienes un pantalón rojo, conviene ponerlo en remojo antes de meterlo en la lavadora. Al menos si no quieres que teñir de un rosado irregular a todo tu fondo de armario; 2)mi madre SIEMPRE tiene razón. Qué le vamos a hacer, es así; y 3) a veces, romper con tu primer amor, puede ser lo mejor que te haya pasado en la vida.
Qué si, qué sí, ya se yo que ahora estarás renegando mientras lees esto (con movimiento de cabeza incluído)  y pensarás que soy una jodida resentida que no sabe lo que dice. A mi también me pasó. Todos los puñeteros consejos que me daba la gente (que me quería) me parecían putos lugares comunes que no aliviaban una mierda mi desazón. Seguro que tú también has escuchado eso de que “el tiempo lo cura todo”, “él no te merece”, “ahora tienes barra libre”, “se veía venir”, “una mancha de morita con otra se quita”, “de todo se aprende” y el también muy célebre “encontrarás a otro mejor”. Cada vez que alguien (con su mejor intención) te dice una de estas frases, muere un gatito en el mundo. O lo que es peor, te dan ganas de provocar tú misma una masacre (aunque no de mininos, precisamente). Lo que detiene tus ansias homicidas es que no tienes ganas, ni de eso.
Sé todo esto porque yo también lo pensé un tiempo…. Y al final resulta que todos tenían razón. En ese momento tu mente es una especie de ovillo de lana enredado en el que parece imposible sacar nada en claro. Necesitas que pase la primera parte de la hecatombe para poder ver algún cabo (aunque sea solo uno) para empezar a tirar y deshacer los nudos.
Mi pequeño-gran drama personal fue en 2004... Siempre digo que aquel año marcó un antes y un después en mi vida. Fue como si hubiese llevado todos estos años una especie de antifaz nocturno que no dejaba pasar la luz. De pronto, pasó toda de golpe… y eso, a veces, no mola nada. La verdad duele. Por lo menos, en principio… Luego haces cosas muy útiles con ella: te hace fuerte, valiente y libre de mentiras ajenas.
Esto, así por escrito y ahora, queda como muy integro, ¿no? Pero lo cierto es que fui un “deshechillo” durante un tiempo. Si hubiese sido protagonista de mi propio Show de Truman, la audiencia hubiese abandonado en masa el reality. La noche después del “crash” me desperté pensando que había sido una pesadilla y, cuando me dí cuenta de que no, me refugié debajo de las sábanas. Así me quedé durante días. No quería ver a nadie, no cogía el teléfono y las horas pasaban lentas como en una especie de reloj de arena que se hubiese quedado trabado. No tenía ningún interés por superar el tango. Esa es la primera fase.
Porque esto va por etapas. Lo juro. Cuando por fin algo te arranca de la cama o aceptas que por mucho que tengas un colchón de látex envolvente, no te protegerá del dolor; superas la parálisis de tu culo y lo trasladas a casa de tu mejor amiga antes de que te salgan escaras. Yo me recuerdo llorando durante tres horas seguidas, con velas de mocos incluídas -soy muy dramática, lo sé-. En esos días, más de una y más de dos hubiera merecido un Nobel de la Concordia por la paciencia que me echó… Lo bueno, es que las lágrimas cansan tanto, que te quedas mejor que si te hubieses tomado un myolastán. Dócil como un corderito.
El mejor consejo que os puedo dar es que NO LO HAGÁIS. De verdad, hay tanta literatura buena en el mundo, que no podremos leerla en toda una vida. No os hagáis eso a vosotras mismas. Es un intento premeditado de hundirte más en tu mierda. Eso, y escuchar canciones tipo Amaral. ¿Quién coño cree que se puede superar una ruptura con mensajes del tipo ‘Sin tí no soy nada’? ¡Venga ya, hombre!.
Lo que sucede después de esto es que has comido tanto helado del Häagen Dazs que la primera vez que te atreves a subirte a la báscula te encuentras con el terror. No sé si esta fase es universal, pero a mi me dió por comer una manzana al día durante un mes. De desequilibrada total, lo sé. Mi autoestima estaba hecha trizas y pensaba que si me convertía en una Barbie SuperStar el mundo sería “más amable, más humano, menos raro”, como dicen los de La Cabra Mecánica. Una acaba aprendiendo que lo único que aliviará el tiro es aprender a quererse a una misma, pero joder si cuesta… El mejor camino que encontré yo para conseguirlo fue escuchar a las personas que (sin lazos de sangre de por medio) habían conseguido ver mis cosas buenas antes que yo misma : mis amigas (again).
Entré en una espiral discotequera con Jäger  y absenta. Nunca tuve vocación alcohólica, ni siquiera en esa fase, pero me pega bien. Recuerdo a más de un gusano miserable metiéndo cuello de madrugada y aquello, no me preguntéis por qué, en vez de animarme me hacía sentir al nivel de la carroña para los buitres. ¿Para eso había quedado? Yo quería aspirar al gran amor, que al besar a un chico sonasen violines, como dice la Streisand en ‘El Amor tiene dos caras’. Insisto en que las comedias románticas tienen la culpa de muchas de nuestras grandes expectativas. Una acaba por convertirse en una cínica, saca la catana y empieza a dar speeches a quien quiera escucharlos -y a quien no, también- con frases grandilocuentes como que “el amor no existe” o que “todos los hombres son iguales”. Quieres decirle al mundo que estás de vuelta de todo y, de paso, a ver si te lo crees tú.
En el camino, quedan cadáveres. Y esto es, de todo, lo único de lo que me arrepiento del proceso. Hubo un par de chicos que quizás quisieron algo auténtico de mi, pero yo no estaba preparada. Muchas veces el ‘no sos vos, soy yo’ es real. Tienes tanto miedo de que te hagan daño, que estás todo el tiempo a la defensiva y actúas como si la cosa no fuera contigo. Al final, acabas haciendo a otro el mismo agujero que te dejaron a ti y eso, si tienes corazoncito, te deja culpa.
A mi me gusta pensar que no era mi momento. Creo de verdad que hay gente que, si hubiese llegado a tu vida en otro momento, quizás hubiese cuajado… o quizás no. Eso del destino me tiene idiotizada. Estoy obsesionada con que hay una plan del universo que lleva a cada uno de nosotros a ese momento perfecto en el que todas las piezas encajan. Así soy, romántica sin sentido
Y a lo mejor he conseguido quedarme anclada en ese reducto de inocencia y última esperanza, porque para mí así fue. Un día, no sé bien cómo ni por qué, la angustia se me fue del pecho. Dejé de vivir pegada a mi messenger (la versión actualizada sería Whatsapp, supongo) y entendí que esas conversaciones destructivas que duraban horas no podían acabar en una reconciliación mágica y, si lo hacían, no volvería a nada saludable para mí. Empecé a entender que yo no era ‘la gran equivocación’ de nadie, que no era ningún saldo ni me merecía esos ataques de cobra asesina. Reconozco que hubo un tiempo en el que pensé que mi ex era un mierda cruel, machista y acomplejado que merecía pasar la cuarentena en una esquina donde reflexionar sobre sus vómitos de bilis…. peeeero hasta eso se pasa.
Esa etapa en la que te gusta imaginar a tu ex tremendamente arrepentido

Puede que él fuese una mala persona, o puede que no. Lo más seguro es que no hubiera ninguna vileza en aquel chico, simplemente, no éramos el uno para el otro. Cuando tienes 15 o incluso 25 años (en mi caso), tus hormonas y la ferocidad de tus sentimientos son lo suficientemente fuertes como para mantenerte unida durante un lustro a tu antagonista, si hace falta. Él quería una mujer que le esperase en casa con la comida hecha, yo deseaba ser una corresponsal de guerra. A mi me encantaba leer a Gabriel García Márquez y él prefería darse a ‘Crónicas Marcianas’. Le gustaban las rubias muy delgadas, yo era una morena de caderas rotuntas. No es que lo hiciese mal (él o yo). Por mucho que me diese al rubio de bote o me atiborrase a pastillas Allí, no iba a convertirme en otra persona. Sobre todo, por dentro.
Hoy le agradezco -de corazón- que me dejase. Tardé alrededor de un año y medio en recopilar fuerzas para emprender una vida nueva pero, cuando lo hice, fue con la certeza de que iba a darle una oportunidad a mis sueños. Todas nos debemos eso.
Me regalé un periodo precioso de dos años sin pareja. Necesitaba encontrarme a mi misma, sin fingir, sin hacerme la heroina o forzarme a hacer una vida nocturna acelerada.
Estoy segura de que si tengo esto ahora  es  porque yo también he madurado y busco cosas diferentes en una relación. Ese otro topicazo que promete que “somos la suma de nuestras historias”, también es cierto. Sin haber pasado antes por aquella relación y por la posterior ruptura, a lo mejor sería diferente a día de hoy. Lo mismo aquello tenía que pasar para que me atreviese a salir del cascarón y los acontecimientos me colocasen del lado de mi compañero. Y puedo asegurar que esto pasa siempre cuando menos te lo esperas, cuando menos lo buscas.
Nunca sabrás lo que está por llegar después de una ruptura de pareja. Si te das tu tiempo, puede ser una ‘crisistunidad’, como diría Hommer Simpson. A Mark Zuckerberg le dió con la suya para montarse Facebook, no digo más… Tampoco se trata de ponerse chula y ver tu corazón roto como un trampolín. Sólo quiero decir que, aunque no quieras, por suerte el mundo sigue girando después de que te hagan daño. El primer amor siempre escuece un poco de vez en cuando, como un hueso roto con los cambios de tiempo, pero mereces darte nuevas oportunidades. Una, dos, catorce…. Hasta que llegue la que tu consideres tu refugio. Ahí puedes quedarte calentita y seguir creciendo.
Todo se ve diferente cuando empiezas a mirar a tus ex como capítulos de un libro que se pasan, para que la historia pueda avanzar.
Y ahora...me toca otra vez ser fuerte...


Estar enamorada es genial. Estar enamorada y en pareja es mejor aún. Una pasada. Un auténtico parque de atracciones. Un paseo sobre las nubes en el que sólo existís vosotros dos. Mudarte a un mundo paralelo. Ponerte ciega de endorfinas. Despertar a la adolescente que llevas dentro y dejar que se haga con las riendas. La complicidad, las risas, el hablar con miradas, las bromas que sólo entendéis vosotros, el tener siempre algo que decir.Compartir sueños, ilusiones, un proyecto de vida.  Estar enamorada mola.
Estar soltera es genial. Tus decisiones, tus reglas, tu vida. Tú y sólo tú decidiendo cuál será el siguiente paso. Descubrir el mundo, la vida, con todos los sentidos. Sin ataduras. Las fiestas de pijama contigo misma en las que acabas dándolo todo delante del espejo con la cara embadurnada en mascarilla. Las noches infinitas con tus amigas en las que puedes desatarte sin tener que dar explicaciones. Lo fácil que es llegar al orgasmo haciendo click en un botón. El tiempo para ti, para tus aficiones, para conocerte, mimarte, cultivarte, reinventarte. Estar soltera mola.
Empieza dicciembre, llega el frío, los días se acortan, vuelven los largos domingos en el sofá viendo comedias románticas, comiendo helado de chocolate y suspirando por lo bonito que es al amor en las películas… y entonces, sin darte casi ni cuenta, estás refrescando tu perfil en adoptauntío, mandando un mensaje a ese tío muermo que no te gusta mucho, pero no para de pedirte una cita; o peor aún: marcando el número de tu ex. Sí, ese con el que lo has dejado ya cinco veces, pero.
Stop. Para. Estate quieta un segundo, deja el móvil sobre la mesa. ¿Estás segura de que quieres hacer eso? La búsqueda de compañía es más que legítima, por supuesto, pero ¿es esa la compañía que quieres?¿Buscar el sucedáneo de un amor de película dominguera en forma de un tío que.. bueno, pasaba por ahí? Todas las experiencias que te puede regalar el mundo, ¿y la que más te apetece de todas es mandar un mensaje a un tío que ni fu ni fa, porque esa película te ha puesto moñas?
Si has contestando que sí: adelante. Puedes recuperar tu móvil, llamar a tu ex y pasar el invierno acurrucados bajo el edredón. Puede que incluso el sexto intento sea el bueno, y paséis muchos inviernos juntos. Pero recuerda, que siga siendo porque es lo que más quieres ahora mismo.
Si mis preguntas te han hecho alejarte de ese mensaje que pretendías mandar, sin embargo, tal vez sea hora de dedicarte a todo lo que tienes pendiente contigo misma. Llamar a esa amiga que hace tiempo que no ves. Ponerte al día con alguna serie. Aprender a cocinar. Retomar a saber qué hobby. Bailar cualquier canción de las Spice Girls subida al sofá. Muy probablemente, elegirte a ti como prioridad vaya a hacerte más feliz que pasar horas mirando una pantalla esperando a que alguien que tampoco te gusta tanto te escriba.
Reivindiquemos el frío queriéndonos más. Mimándonos mucho. Haciendo ese algo que siempre hemos querido hacer. Aprovechemos la soltería, la ausencia de ese alguien especial para que absolutamente nadie sea más especial que nosotras. Vete de viaje, sal de fiesta, visita un museo, besa hombres guapos, cómprate unos zapatos y baila hasta dejarlos sin suela, lee, escribe, pinta, inventa, sueña ,descubre, aprende, y sobre todo: sé la persona que quieres ser.
Puede, y solo puede, que mientras estás haciendo todo eso, aparezca alguien especial de verdad. Alguien que pare el mundo. Que tengas que replanteártelo todo. Puede que no lo haga. Puede que seas tan feliz por hacer en cada momento lo que más deseas, que ni siquiera importe

Cosas que las chicas gordis estamos cansadas de escuchar

1. “Mientras no adelgaces un poco mejor usa colores oscuros que estilizan más”. Ojo, el negro adelgaza, habéis descubierto la polvora. Pero ¡eh! los estilismos a lo Jóvenes y Brujas siguen de moda.
2. “Aunque estes gordita tienes un estilazo”. Gracias por la parte que me toca, pero hay una verdad universal que dice que con el estilo se nace, no se hace y esto es al margen del peso que tengas.
4. “Seguro que encuentras a un chico majo al que le gustes tal y como eres”. Cuanto daño ha hecho la mala traducción de esa frase de Bridget Jones. Me ha tocado explicar en más de una ocasión que mi Mark Darcy particular me quiere por lo que soy, no tal y como soy.
5. “Si Rosa de España pudo, tu también”. Comentario al que hay que hacer frente cada vez que Rosa sale en la tele, entonces solo te queda marcarte un eye roll y pedirle paciencia al universo.
6. “Te lo digo por salud, no por estética”. Y yo por salud te digo que te hagas mirar lo de tu gordofobia, gracias.
7. “Lo que te hace falta es cambiar de hábitos y un poquito de gym“. Un poquito de gym, un poquito de gym… claro es que como estoy gorda lo lógico es pensar que me paso todo el día tirada en el sofá tocándome el higo.
8. “Bueno mujer, tu no estás gorda-gorda, lo que pasa es que eres muy grande”. Gracias por tus bonitas palabras, es verdad, soy grande. Pero además de ser grande, estoy gorda. Fin.
9. “La chicas gordas sois muy agradecidas en la cama”. Patada voladora. ¡ZAS!
10. “Yo que tu no me pondría ese vestido, enseñas demasiado”. ¿Y? Enseño lo que me da la gana y estoy divina



A veces terminar no es tan difícil. A veces sabes que esa persona no es, en lo absoluto, correcta para ti. Sabes que nunca funcionaría porque nunca lograron ese nivel de intimidad necesario para construir una relación duradera. Nunca se hicieron mejores amigos.
Y también están las veces en las que terminar es la cosa más difícil del mundo, no sólo porque sabes que estás rompiéndole el corazón a la persona que amas -y el tuyo durante el proceso- sino porque estás voluntariamente eligiendo perder a tu mejor amigo.
Es un fenómeno muy difícil de describir, razón por la cual usaré mi cliché favorito de todos los tiempos: “Te amo, pero no estoy enamorado de ti”.
La verdad es que esa es la mejor forma de describirlo: Amas a alguien muy profundamente y sientes que deben ser el uno parte de la vida del otro, pero no de la forma en que lo han sido hasta ahora.

Sabemos que no somos la pareja correcta. Sabemos que nunca funcionaría, y sabemos que la amistad que tenemos -o mejor dicho, que teníamos- creó un lazo que nos haría volver a hacer ser pareja con demasiada facilidad.
Haría que fuera muy probable el cometer los mismos errores y, ciertamente, repetir el mismo dolor. Al final, en eso se resume todo: No es mi corazón el que me preocupa, sino el tuyo. Romper mi propio corazón sería mi responsabilidad, pero no puedo volver a ser responsable de romper el tuyo.

Siempre me imaginé a mi misma dentro de un amor que me consumiera completamente y que fuera sobrecogedor. Un amor que me hiciera despertar y que, a su vez, me hiciera dormir tras interminables conversaciones sobre todo y nada.
Nunca fue difícil para mí enamorarme, pero sí mantenerme enamorada. Mirando hacia atrás, puedo ver que mi primera verdadera gran pena de amor no fue el resultado de perder a alguien con quien “debía estar”, sino que fue pensar que lo que tenía era suficiente.
Nuestra definición de suficiente va a cambiar tanto como nosotros lo hemos hecho. Algún día, “suficiente” será lealtad y confianza, y después pasión y aventura.
Mi primer desamor gatilló una serie de aventuras apasionadas, seguida por una serie de pasos hacia la deslealtad y la desconfianza. Me tomó mucho tiempo decidir que suficiente era suficiente, para darme cuenta que finalmente era tiempo de seguir adelante.


“El amor es pasión, obsesión, no poder vivir sin alguien. ¡Pierde la cabeza! Encuentra a alguien a quien amar como loca y que te ame de igual manera. ¿Cómo encontrarlo? Pues… olvida el intelecto y escucha al corazón. Porque lo cierto es que vivir sin eso no tiene sentido alguno. Llegar a viejo sin haberse enamorado de verdad… en fin, es como no haber vivido. Tienes que intentarlo, porque si no lo intentas, no habrás vivido”.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Ya que ha llegado el momento de terminar, no tienes que dar tantas explicaciones. Lo he notado poco a poco en los “te amo”, que dices con menos frecuencia, en esas sonrisas que ya no brillan igual cuando nos despierta el amanecer, en que hace mucho que no te pillo mirándome a escondidas y en la manera en la que tus manos se excusan para no sostener las mías.
El motivo que me cuenta tu silencio es que no fueron suficientes todas las tazas de café que acompañaron nuestras prisas por llegar al trabajo, ni todos los atardeceres que no vimos por andar perdidos en el cuerpo del otro. Veo que te cansaste de encontrar mi olor en tu almohada, de mi búsqueda inagotable por encontrar el regalo perfecto en cada cumpleaños y de cómo el tiempo que duramos juntos no borró nunca la pasión en mis besos.
Entonces te libero de mí, de mi rutina de lunes de cine y viernes por la noche de besos robados, de mi risa demasiado entusiasta y mi llanto desenfrenado en un mal día, de lo mucho que hablaba y de mis silencios demasiado largos, de mis obsesiones, de mis quejas, de mi cabelloque siempre se despeinaba.
Más aun, me libero a mí de todos los momentos vacíos de locura, de todas las miradas que iban perdiendo la chispa, de tus besos fríos, de compartir a medias. Me despido del vacío cada vez más estridente de tu lado de la cama y del miedo constante de perderte. Te dejo ir para que quieras a otra persona y, más importante, te dejo ir porque yo nunca dejé de quererme.
Y es que me di cuenta de que quien se escurría de esta relación era yo, yo era quien se estaba cansando de tu falta de interés y buscaba escapar del tedio de tu compañía que ya no era suficiente. Al final pude esperarte toda mi vida a que te girases a verme otra vez, pero no tenía ganas suficientes de quererte más a ti que a mí.
Porque sueño demasiado alto para echar raíces en tu suelo demasiado seco sin ya nada para ofrecerme. Porque las únicas relaciones que conozco son las que se hace el amor hasta desgastar cada rincón del cuerpo del otro y las diferencias terminan en la explosión de un beso. Y, más importante, porque no soy de los que saben conformarse…
Yo era quien se escurría de esta relación de manera inevitable solo porque soy de esas personas que se enamoran de nada menos que mariposas en el estómago…
Propósitos, promesas, juramentos, etc. Cada día, cada semana, cada mes y cada año nos hacemos decenas y decenas de estos. En ocasiones a nosotros mismos: “Voy a dejar de fumar”, “este año me apuntaré al gimnasio”, “voy a conseguir un trabajo mejor”, “voy a dejar de guardarme las cosas para mí”, “intentaré demostrar más mis sentimientos”… Otras veces, nuestras promesas implican a otras personas: “Prometo llamarte más a menudo”, “intentaré ir más a verte”, “a partir de mañana fregaré siempre mis platos”, “prometo amarte y respetartehasta que la muerte nos separe”…  Miles de pensamientos y palabras dichas que tan pronto como salen de nuestros labios se van, para no convertirse jamás en actos.
Cambiar siempre es duro. Da pereza, cuesta tiempo y también esfuerzo. Tanto, que muchas veces nos echamos para atrás, nos arrepentimos y olvidamos todas esas cosas que dijimos que haríamos. A veces simplemente lo posponemos. “No lo hago hoy, ya si eso mañana. Total, no estoy tan mal”. Otras veces, simplemente no tenemos la fuerza de voluntad suficiente, o creemos que no la tenemos, y la mayoría de ellas, olvidamos lo que una vez prometimos, o las metas que nos propusimos.
Pero, ¿qué dice eso de nosotros? Pues que somos personas débiles, personas cuya palabra no tiene valor, cuyas palabras se las lleva el viento, como a las hojas en otoño. Los seres humanos somos especialmente buenos captando mensajes a través de los gestos, de los comportamientos, ya que estamos programados genéticamente para detectar señales de conducta y para entender rápidamente su significado. Por tanto, a la hora de hacernos una imagen de una persona, no es que sus palabras pasen desapercibidas para nosotros pero, sin embargo, si tenemos que juzgarle por algo, serán sus actos lo que le definan.
Ya lo dijo Goethe hace un par de siglos: “La conducta es un espejo en el que cada uno muestra su imagen”.
Por ello, nunca dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. No dejes que tus sueños caigan en saco roto. Vete a todos los sitios a los que siempre hayas querido ir, deja tu trabajo y lucha por lo que siempre quisiste ser, ama a todas las personas que desees, demuestra tu cariño a las personas que te importan… Porque nunca es tarde, siempre se puede cambiarSolo hace falta dar el primer paso. Porque hoy puede ser el principio de una nueva vida, de un nuevo tú.
Y nunca olvides que tus actos te definen como persona. Así que, ¡actúa!