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Me encanta cuando estamos en la cama y es imposible dormirse sintiéndote a dos milímetros de mí. Sentir tu respiración tan cerca y que no se oiga nada más. Y después, cierro los ojos y recuerdo todo lo anterior. De repente te das la vuelta, me abrazas con todas tus ganas estando yo de espaldas a ti, y empiezas a respirar en mi oreja. Yo me hago la dormida, porque me encanta la dulzura con la que me tratas cuando crees que duermo. El contacto de tu piel es abrumador. No puedo pensar en otra cosa que no sea en comerte la boca, o los ojos, depende. O quizás todo el cuerpo. Ojalá esos momentos durasen para toda la vida. Estás así un rato y cuando no puedes más, dices susurrando: “no te hagas la dormida, que te veo”. Entonces abro los ojos, me doy la vuelta, te miro, me miras, y te beso, me besas. Y todo lo de después acaba siendo como lo anterior, pero siempre mejor. Siempre mejor.

Que llores conmigo cuando lloro, que rías conmigo cuando río, que llore yo contigo cuando llorar y que ría yo contigo cuando rías. Ese es el sentido de mi vida. El único sentido que le encuentro a las injusticias mundiales, a que mis amigos se vayan lejos, a que algunas personas acaben decepcionando o a que llueva de vez en cuando es saber que pronto llegará el día en que me vuelvas a abrazar estando yo de espaldas.

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