domingo, 15 de marzo de 2009

Es el momento...

Las personas tenemos una capacidad acojonante para acostumbrarnos a lo que un día tuvimos y ya, por un motivo u otro, no tenemos. Es como si estuviesemos destinadas a convivir con el dolor, como si lo lleváramos en los genes, y no importa cuantas personas de nuestro alrededor emigren (al cielo o a otro lugar terrestre) para no volver, porque lo superas.
Es algo así como cuando a una madre se le muere su hija predilecta, única. Al principio duele muchísimo, casi que se le encoge el corazón y le cuesta respirar. Es un dolor interno, bestial. ¿Recuerdas que alguna vez te cortaste con un papel en el dedo? Fue un dolor rápido pero intenso. Dio como grima. Pues tiene que ser algo así, pero directo al corazón. Como un papel bien afilado cortando constantemente el corazón a la izquierda. Luego se acostumbra a vivir con el dolor. Es como si la vida hubiera cambiado a su hija por un saco lleno de dolor asfixiante. Entonces comprende que sigue respirando, y que tiene que seguir haciéndolo. No es que duela menos, es que se ha acostumbrado a vivir así. Ahora le cuesta recordar la vida antes de perder a su hija, o mejor dicho, su vida antes de tener ese dolor interno y constante. Y un día, de repente, se rie. Y justo cuando se da cuenta de que está sonriendo, su rostro se vuelve pálido, como si hubiera visto un fantasma, y esa minúscula risa le hace sentir culpable. Pero tras esas sonrisas, se esconden otras muchas futuras. Y así cada día. Y el dolor duele un poco menos cuando te acostumbras. Aprendes a vivir de otra manera. Como cuando en gimnasia te obligaban a dar vueltas al campo, y tú sentías que no podías, que te asfixiarias. Pero tenías que hacerlo. Y lo hacías. Y cuando ya apenas quedaban vueltas, casi que te habías acostumbrado. Pues es lo mismo. No sé. Hoy de vuelta a casa pensé en eso. No creo que el dolor sea medible. Las madres se equivocan cuando dicen que nada duele más que perder a un hijo. Cada cual percibe el dolor de una manera distinta, obvio que no soy madre, obvio que no experimenté esa sensación. Más sí creo estar en lo cierto, se puede convivir con el dolor, se puede superar una pérdida, y dos, y tres. Estamos aquí para vivir, y estamos aquí porque queremos seguir aquí. No sabemos si cuando vas al cielo hay una gran mesa en la que celebrar que ya estás allí arriba, ni si hay tiendas donde comprar zapatos invisibles bonitos. No sabemos absolutamente nada. Y no nos interesa. ¿Y saben por qué? PORQUE ESTAMOS VIVOS. Y eso es todo cuanto sabemos.
Lo que quiero decirles es que no planifiquen cosas para dentro de un par de años. Quizá estén muertos. Quizá estemos muertos todos. Hagan las cosas aquí y ahora. Jamás se excusen afirmando que no es el momento. ¿Cuándo es el momento? ¿Cuando le atropelle un coche y se encuentre en coma, o quizá cuando le entre un cáncer terminal y todos hagan apuestas por cuánto durará su vida? Estamos vivos. Y sí. Quizá ahora preferiríamos estar en Londres, de vacaciones. Sin hacer absolutamente nada y cobrando una fortuna. O quizá nos encantaría estar en un prado verde rodeados de vacas y cabritas. Pero estamos aquí. Ahora es el momento. Quizá mañana sea tarde, quizá dentro de unas horas ya sea tarde. Si quieres hacer algo, no lo digas, sólo hazlo.

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