Ya era hora...

Estos días, la primavera está estallando en mil y un pedazos.
El buen tiempo, tiene música, y tiene olor, sabor, y tacto. Suena a Jarabe de Palo, huele casi a verano, a calor, a piscina en medio de la ciudad, sabe a cerveza en una terraza al lado de la catedral y es suave como tu piel.
Después de un invierno frío, en el que casi se nos desgastan a todos las ganas de ver el sol de primavera renacer, no hace falta que diga que ahora las cosas parecen estar mejor. Y no es porque haya llegado él y me haya traído toda la luz del mundo (que también…), no es porque los de siempre me demuestren una y otra vez que me quieren, no es que las cosas vayan saliendo bien, aunque a veces, sea a trompicones. Es que al fin me he encontrado. He tardado en volver a encontrarme lo que tarda la tierra en dar una vuelta al sol. Estaba ya cansada de intentar serlo todo, porque al final acabas siendo NADA, estaba cansada de intentar demostrar lo que soy en un intento fallido de cierto reconocimiento por parte de aquellos que siempre acaban haciendo daño de una forma o de otra, estaba cansada de aguantar tonterías de personas que no saben continuamente si beber whisky o vodka. Me cansé, y exploté, y una vez que llegas al fondo y la cabeza empieza a ir más deprisa y parece que todo tu mundo se te va a venir encima en cualquier momento, se me anticipó la primavera. Como cuando los lilos empiezan a florecer antes de tiempo, como cuando el argumento se empieza a escuchar antes de la primera tirada de aquel libro o como cuando hacía bueno en pleno mes de febrero. Ahora la sangre quema, la sonrisa aprieta y entre tanto esos besos me llevan hasta el cosmos y de allí no vuelvo hasta bien pasado un buen rato. Tu cuerpo es mi fuente de energía cuando los temporales azotan mi ánimo. Y tus palabras rozan todos mis sentidos. Pero todo eso se quedaría en nada si no me demostrases una vez tras otra que lleva siendo primavera desde hace tiempo y que ahora, sin duda, todo está mejor que antes, con diferencia, para los dos

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