Darse cuenta

La gente que se va y tarda en volver no se dan cuenta, ni de lejos, que aquí nos seguimos quedando los de siempre, en el mismo sitio de siempre, y con la misma sonrisa de siempre puesta en la cara de siempre.
Con el tiempo se aprende que la gente cambia y que poco o nada se puede hacer para evitarlo. Las prioridades de cada uno también cambian. Es como un huracán que cada cierto tiempo le toca a cada uno soportar. Arrasa con todo, y después del temporal, queda muy poco de lo que había antes de la lluvia, los rayos, los truenos y el ruido. Porque ruido hacemos todos, sobre todo cuando personas llegan a nuestra vida y decidimos hacer y deshacer planes a nuestro antojo, sin pensar en si los que hace dos días nos daban palabras de aliento se sienten solos o si nos echan de menos. Y eso, queramos o no, lo hacemos todos.
Independientemente de eso, la vida es un continuo flujo. Unos vienen, y otros, obviamente se van. Nosotros mismos venimos y nos vamos como Pedro por su casa de las vidas de otras personas. Creemos que tenemos el derecho infinito a hacerlo, porque, cómo no, nos merecemos ser tan felices que podemos echar, o más bien, desechar personas por la borda si éstas nos abruman con sus tonterías, si nos dicen más bien verdades como puños o si sólo nos necesitan para desahogarse. Porque algunos tenemos la condición innata de parecer dos orejas andantes, sin boca, corazón, ni cerebro. El caso es que, bueno, todo esto hacer, hace mucho daño. A mí si me llegan a decir hace años que a mis veinte podría contar mis amigos de verdad con los dedos de una sola mano, se me hubiesen puesto los pelos de punta. Porque, no sé, cuando vas creciendo tienes la sensación de que te vas a comer el mundo, de que tendrás miles de amigos y que contarás con ellos en todas las situaciones, de que todo irá tremendamente bien y vivirás un cuento de color de rosa. Y llegados a este punto, no es así, pero no tan malo, porque, obviamente, mejor que te escuchen es mejor que te miren a los ojos y te digan un te quiero sin decirlo, pero, te acabas dando cuenta, de que en realidad, el mundo es el que te come a ti… Y ver que tú te das cuenta de ello pero la gente sigue arrasando con sus prioridades hasta tal punto de olvidarse de cuando removías montañas para escuchar y curar sus heridas, hace daño, y duele, claro que duele...

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