Pekeña

Te sientas en el suelo, en medio de la habitación. Quieres controlar la situación, por una maldita vez te gustaría poder controlar la situación. Entonces activas el reproductor y escuchas la canción de cada día. Esa canción con la que te levantas y te acuestas, con la que has escrito, llorado y reído bastante estos últimos meses. La primera estrofa sigue igual que siempre, entonces sonríes y piensas que todo lo que has sentido era porque estabas paranoica, pero que ya ha pasado. Ahora todo está bien, como antes.
Tumbas tu cuerpo en el suelo y apoyas tu cabeza en el azulejo más frío de esta pequeña habitación, te sientes relajada, en calma.
Pero de repente la canción comienza a ir más rápido, cierras los ojos deseando aparecer en un bar con una copa en la mano, que tu cuerpo se empiece a mover y no puedas pararlo, no quieras pararlo.
Pero abres los ojos y aquí estás, aquí sigues. Y ni siquiera puedes mover los brazos, el suelo ya no está frío, y la habitación ha dejado de ser pequeña. O al menos, de parecértelo.
Ahora el suelo está templado, como tu piel. Te sientes fría por dentro, pero la piel sigue como si no hubiera pasado nada, ajena a todo, ajena a ti. Tu barriga está hinchada, de comer yogurt y hacer intentos frustrados de beber dos litros de agua diario. Y sólo sientes molestia. El tamaño de la habitación se ha triplicado, pero no te sientes pequeña.

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