lunes, 9 de febrero de 2009

Pekeña

Te sientas en el suelo, en medio de la habitación. Quieres controlar la situación, por una maldita vez te gustaría poder controlar la situación. Entonces activas el reproductor y escuchas la canción de cada día. Esa canción con la que te levantas y te acuestas, con la que has escrito, llorado y reído bastante estos últimos meses. La primera estrofa sigue igual que siempre, entonces sonríes y piensas que todo lo que has sentido era porque estabas paranoica, pero que ya ha pasado. Ahora todo está bien, como antes.
Tumbas tu cuerpo en el suelo y apoyas tu cabeza en el azulejo más frío de esta pequeña habitación, te sientes relajada, en calma.
Pero de repente la canción comienza a ir más rápido, cierras los ojos deseando aparecer en un bar con una copa en la mano, que tu cuerpo se empiece a mover y no puedas pararlo, no quieras pararlo.
Pero abres los ojos y aquí estás, aquí sigues. Y ni siquiera puedes mover los brazos, el suelo ya no está frío, y la habitación ha dejado de ser pequeña. O al menos, de parecértelo.
Ahora el suelo está templado, como tu piel. Te sientes fría por dentro, pero la piel sigue como si no hubiera pasado nada, ajena a todo, ajena a ti. Tu barriga está hinchada, de comer yogurt y hacer intentos frustrados de beber dos litros de agua diario. Y sólo sientes molestia. El tamaño de la habitación se ha triplicado, pero no te sientes pequeña.

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