No metas el dedo en la yaga que me vas a hacer sangrar todas las heridas de mi vida. No te fíes tanto de mí, pues me han herido varias veces y no hay personas más desconfiadas y ruines que las que hemos sufrido por sufrir porque simplemente se supone que así lo hemos querido. Todo depende de lo que hayas querido, y de lo dispuesto a sufrir que estabas desde que te expusiste al dolor siendo plenamente consciente de ello. A veces se nos da mal querer y no sabemos hacerlo bien, y cuando todo está por estropearse y encima te esfuerzas por que todo siga en pie, y te sale mal, te advierto que todo lo demás acaba siendo peor de lo que ya era antes. Y sólo queda mirar al suelo e ir avanzando sobre las baldosas rugosas. Mientras tanto los demás sólo saben encogerse de hombros, y lo único que necesitas quizás es un beso, un abrazo o un perdón, aunque sea de refilón, aunque sea sin ser sentidos. El sentimiento lo inventas tú. Y cuando ya lo has intentado unas cuantas veces, y has perdonado una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, la ignorancia, la indecisión y el hecho de no importar nada al resto, te replanteas si de verdad merece la pena querer tanto si luego acabas de cualquier forma tirado como un perro en medio de la periferia de la ciudad. Tu perdón no sirve, tus palabras tampoco, tus rodillas tampoco, y tus heridas mucho menos. Entonces tú y tu ente moriréis y no quedará nada, al menos, para algunos. ¿Merece la pena, entonces?

Mátame si ya no te soy de utilidad.

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