lunes, 5 de octubre de 2009

A veces pienso que los seres humanos nacemos con una capacidad de odiar tremendísima. Después, cuando somos conscientes de que nuestras madres nos quieren empezamos a quererla a ella, y después a otras personas, sin importar condición, sexo o edad. Al cabo del tiempo hay personas que nunca han aprendido a querer, y otras sin embargo se exceden queriendo y sufren por haber querido tanto, a quien no debían, o a quien sí debían pero no eran correspondidos.
Entonces me di cuenta de que las personas básicamente lo que hacemos es utilizar a las personas a nuestro antojo. Y de esto, no se libra nadie. Primero conocemos a alguien, lo examinamos, y si puede cumplir alguna función para nosotros, le utilizamos, sacamos sus entrañas y sus posibilidades, tiramos de la cuerda hasta que no queda nada. Y cuando ya le hemos sacado todo el jugo, le matamos. Le odiamos, aniquilamos los buenos momentos, los sustituimos por las sensaciones de ira, nos aliamos con otros para abandonarle en el vertedero, y luego, ¿qué queda? Nada. Estamos solos en medio de la nada, en medio del odio, en medio del veneno, y cuando es demasiado tarde para rectificar, nos refugiamos en el odio porque es lo primero que sentimos cuando alguien nos hace daño. Lo de la pena, la tristeza, es para los débiles. Y se supone que ninguno de nosotros nos consideramos débiles cuando nos hacen daño.


No te fíes nunca de un animal herido.

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