Bueno, en esto de hacerse mayor, hay un punto clave en el intento. Tomar decisiones.
Vivir no es fácil. Cada día surge una dificultad nueva. Y estás tan a gusto entre algodones y tan superada a la vez por las circunstancias que da una pereza tremenda ponerse a pensar sobre la mala suerte que últimamente ataca y ataca. Y entre todo el tumulto, con una sonrisa siempre en la boca, hay que mirar hacia otro lado porque si miras de frente te puedes estrellar con cualquier farola más. Y hacia otro lado las cosas parecen mejor. Los algodones siempre están ahí, para que en vez de chocar con la farola te choques con ellos y caigas sin hacerte ningún daño. A lo mejor te duele por un rato, pero luego con tanta suavidad se te pasa pronto el dolor. Y consigues dormirte, descansar, cerrar los ojos y pensar eso de “aquí no me va a pasar nada”. Lo importante es saber buscar esos algodones y tomar conciencia de que siempre estarán ahí, esperando tu caída con los brazos abiertos. Y esos algodones hay que valorarlos. Da igual el miedo que se pase, da igual la mala suerte, lo difícil que es hacerse mayor, lo jodida que puede llegar a ser una mala contestación o lo asustado que se esté. Lo básico para hacerse mayor y no morir en el intento es dejarse cuidar por esos algodones. Y no tener prisa para no chocar con otra farola más.


La buena suerte nos llegará pronto, estoy segura. Mientras tanto nos conformamos con la suerte que tenemos, que no es nada poco. Por muchas putadas que nos pasen seremos dos bolsas de algodón dispuestas a hacer de para-choques el uno al otro en cualquier momento del día. Y esa es la mejor parte de toda esta historia, lo prometo.




Un beso donde quieras, un vasito de cerveza. [...] Te invito a dormir en un rincón de cualquier escalera.

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