Siempre me imaginaba cómo sería su olor, cómo serían sus manos, su voz, cómo me besaría, de qué color tendría los ojos, cómo se llamaría, cómo sería su pelo, pero sobre todo, cuál sería su concepto de vida. Y bastaron unos días y de repente lo supe todo y me di cuenta de que era él. Y sí, me atrevo a decir que es él. Es él. Era él y será él para siempre. Y espero poder pasar muchos días a su lado, espero todos los de mi vida, y así lo digo porque es lo que deseo en este momento, porque es lo único que me da fuerzas cuando los huesos flaquean, lo único que me eleva cuando la fuerza de la gravedad se empeña en hacerme caer, lo único capaz de sacarme una sonrisa en esos días de lluvia y lo único que es de los dos y sólo de los dos, lo único en lo que creo de verdad. Lo único que consigue mantener mi inocencia a salvo. Lo único que me hace sentir protegida y segura. Y todo eso sumado a todas las sensaciones que hacen que estés con una sonrisa todo el día puesta en la cara, aunque no te apetezca, no hay dinero que lo pague, no tiene precio. Vale todos los tesoros que debe de haber por el mundo escondidos. Y lo mejor de todo es que nadie sabe dónde están.
Nadie sabe en qué punto estamos, lo que hacemos, lo que no hacemos, lo que hemos venido a hacer al mundo, lo que me dices por las noches, lo que me dices cuando estamos en la cama y lo que me tocas cuando nadie mira.

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