Hacia delante.


De vez en cuando me callo, y otras veces, exploto. Últimamente tengo la capacidad inmunda de explotar. Qué derroche de personalidad. Qué derroche de facultades que no deberían de existir, y de rachas de rabia que pocas veces dejan paso a la frialdad de parecer no ver y parecer no padecer. A veces soy suicida compulsiva, expongo las guerras que combato cada día al mundo que me vive, así que tendré que someterme a terapia para no romperme las alas que alegran las ausencias de las mil noches en el infierno a las que estoy destinada a sufrir. Eso o rezo mil oraciones por todos mis pecados mortales cometidos esperando a que algún ángel caído me devuelva las alas para poder soportar todas las ausencias. Y todo eso, para asegurarme por si acaso de que ellos saben que existo, que sigo, para que deje de parecer que yo y mis alas estamos dormidas de por vida. Pero a mí me gusta de vez en cuando hacerme de rogar, una de cal y otra de arena, ya sabes. Porque este es el cuento de la historia interminable de dar y querer recibir a cambio. Y siempre se me acaba olvidando que la luz se alcanza cuando damos a las farolas una escalera para que toquen el cielo y así se rían de las estrellas sin esperar que ellas sigan alumbrándonos el camino de por vida. Pero es que yo me creo en el cielo cada vez que alguna farola asegura que sangraría por alumbrarme mis rincones con luces de colores sin yo tener que vender a cambio mi bandera.

"Y no me importa partirme la cara, por una mirada, por un corazón”
(Carlos Chaouen)

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