miércoles, 11 de noviembre de 2009

A medida que pasan los años te das cuenta de que los seres humanos son imperfectos, y que nada, ni nadie, puede lograr un mínimo de perfección en nada de lo que hagan, idealicen, piensen o sientan. Últimamente me vengo cuestionando cuánto tiempo tiene que pasar hasta que logre equipararme al resto. “Normalizarme”, digamos. Y que eso no sea pasajero, que sea para siempre. Después de darle mil vueltas entendí que mis prioridades no son como las del resto. Yo no daría lo que fuese por un buen trabajo, daría lo que fuese por un abrazo perdido. Tampoco daría lo que fuese por un coche, daría lo que fuese por dormir con él todas las noches. Por supuesto, no daría lo que fuese por ser una super modelo, daría lo que fuese por que él me viese tan “perfecta” de por vida. Tampoco daría lo que fuese por que ellos me pudiesen pagar mil viajes al extramundo, daría lo que fuese por no fallarles jamás. Y daría lo que fuese por que él siempre sea feliz y sano.
Últimamente se me estaban olvidando mis prioridades, porque las del resto no coinciden para nada con las mías, y a veces me siento como extraña entre tanta ansiedad, tanta avaricia, tanto nerviosismo por saber de todo y ser el mejor, y sobre todo tanta necesidad de comparar sus vidas geniales con la tuya, que, bueno, podría ser mejor, pero soy feliz con lo que tengo, y nunca me he conformado con nada. Sigo luchando para que las cosas al cabo del día sigan en su sitio, en ese sitio que tanto me gusta. Y lo de las prisas, nunca fueron para mí. Son ciencias completamente inexactas.

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