Creo que el tiempo pasa, y que cuando pasa, arrasa. No deja ni un solo rincón de lo que somos sin tocar. La mayoría de las veces nos duele que todo tenga que ser tan lógico, tan cuerdo. Otras veces, temblamos de miedo al pensar que de nosotros no depende lo que el tiempo haya decidido hacer con nosotros, y que todo es ilógico. De lo que sí nos hemos dado cuenta, es de que el tiempo nos pone a todos en nuestro lugar, o al menos en la trinchera en la que debemos seguir tirando piedras y jugando a juegos prohibidos, y ahí podemos conseguir aire para llenar nuestros pulmones de ganas para reír. Y ahora, somos sólo unos ilusos, pensamos que el tiempo es leve, que no tiene peso en lo que hacemos en este momento imperfecto. Pero los minutos no tienen compasión con nuestras ansias de libertad. No somos absueltos a la condena del paso del tiempo.

Pero el caso es saber que todo esto pasa, y hacerlo al lado de alguien que ha vivido tus penas y tus alegrías como si se tratasen de las suyas, y estar casi en el mismo lugar que hace 365 días haciendo casi lo mismo. Eso sí, con varios papeles más analizados y sobre todo cambiados. Nos hace gracia y todo, jajaja.

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